Viaje al corazón de Rusia

El sitio de Leningrado | julio 10, 2011

Viernes, 8 de julio

Hay un antes y un después en la vida de esta ciudad. Es un periodo largo, doloroso y sangriento que marcó para siempre el carácter de sus habitantes.
El sitio de Leningrado asfixió su población durante 900 largos días, desde el 8 de septiembre de 1941 hasta el 27 de enero de 1944.

El cerco del Ejército alemán condenó a muerte a un millón de personas (aunque algunas fuentes independientes hablan de hasta dos millones).
El frío y el hambre se cebaron con una población débil, pero decidida a resistir al enemigo.
El invierno de 1941 fue el más frío. La temperaturas cayeron hasta -42º.

Muchas personas simplemente se desplomaban en la calle y nunca más se levantaban. Así lo recuerdan algunos supervivientes, como Igor Chaiko, en el libro ‘El sitio de Leningrado, 1941-1944: diarios de hombres y mujeres asediados’.
“Cadáveres, cadáveres, cadáveres abandonados en montículos de nieve, a lo largo de las calles de la ciudad, envueltos en colchas, en cortinas, en ropas. Muchos llevan prendas de colores vivos alrededor de la cabeza, para que los vehículos que circulan para recogerlos los detecten con facilidad en la nieve. Los trabajadores encargados de esta tarea la llaman la cosecha de colores”.

El canibalismo proliferó por la ciudad sitiada. Era un secreto a voces, según refleja el libro ‘El sitio de Leningrado’.
“Hay cuerpos mutilados por todas partes”, escribió Vera Rogova. Una mañana temprano, a las 6.00, Rogova salió del apartamento de un amigo. Tenía prisa, por lo que tomó un atajo. Tenía que atravesar un largo pasillo entre dos edificios para llegar a una plaza. Rogova normalmente lo evitaba, pues estaba en un semisótano, oscuro y ruinoso, y había algo en él que no le inspiraba confianza. Pero en aquella ocasión tenía prisa y olvidó sus temores.
Al adentrarse en el pasillo comenzó a sentir miedo. De repente se abrió una puerta y se asomó un hombre. Tenía el pelo largo y un aspecto descuidado, y algo más que hizo estremecerse a Rogova. Ya no parecía humano, sino una bestia. Entonces se dio cuenta de que llevaba un hacha en la mano. Comenzó a correr y el hombre, que tenía una fuerza asombrosa, salió tras ella. Podía oír el eco de sus pasos acercándose cada vez más. Por un momento, sintió que la impotencia la paralizaba; el pasillo parecía no acabarse nunca y se sentía atrapada en una red gigante, incapaz de escaparse. Entonces, sintió una repentina oleada de energía y se catapultó hacia la calle, directamente hasta un grupo de soldados que pasaba por allí.
Dos miembros de la patrulla se hicieron cargo de ella. “Me está persiguiendo un hombre con un hacha”, exclamó Rogova. Pero los demás ya habían entrado en el edificio. Se oyeron disparos. Los soldados regresaron unos minutos más tarde. “Cuando vimos tu mirada de terror, lo comprendimos”, le dijo uno, simplemente.

Desde que leí este libro, hace un par de años, tuve el deseo de visitar el cementerio de Piskarevskoe, para intentar entender mejor este horror. Está situado en las afueras de la ciudad. Allí están enterradas 490.000 personas en tumbas comunes. En la lápida sólo está escrito el año de su muerte: 1941, 1942, 1943…
490.000 personas: es como decir que en un solo cementerio están enterrados todos los habitantes de Murcia, por ejemplo, y nos quedamos cortos; o los habitantes de Granada y de A Coruña juntos…

El cementerio impone y emociona. Dentro del museo puede verse el diario de una niña, Tanya, que anotó en sus páginas la muerte de cada miembro de su familia, con fecha y hora. Al final, en la última hoja, escribió: “Hoy ha muerto mamá también. Se ha quedado solo Tanya”.
Estremecedor testimonio.

Tanya tenía 12 años. La madre de Liza, Larissa Vassilevna, me ha contado que trabajó con su hermana, que fue evacuada de Leningrado al principio del sitio. Fue ella quien encontró ese diario en su casa, al volver después del fin del cerco. Tanya también había muerto de hambre.
Años después, decidió donar el diario al museo.

En el memorial también puede verse la ración diaria de pan asignada a cada habitante: 150 gramos. También estremece visualizar este trozo de pan.

Antes de irnos, conocemos en la puerta a Eduard, el hombre que limpia el cementerio. Es un superviviente de la blokada. Tenía cuatro años entonces. Todavía recuerda el estruendo de las bombas en el patio de su casa, el olor a azufre, el frío, el hambre.
Su padre murió durante el primer invierno de frío y de inanición.
Él trabaja en el cementerio desde la época de la Perestroika. Es geólogo y cuando empezaron las reformas, cerraron el Ministerio de Geología y se quedó en el paro a dos años de jubilarse.
Tuvo que buscar un empleo, el cementerio estaba al lado de su casa, es un superviviente del sitio de Leningrado… desde entonces limpia las tumbas y los pasillos del cementerio. Tiene 74 años, una bolsita de tela consumida entre sus manos, pero una mirada firme y orgullosa.

Me pregunta si quiero oír unos versos que ha escrito sobre la blokada. Hablan de resistencia, de muerte, de dolor. Cuando termina de recitarlos, me dice que se los han publicado en el periódico de San Petersburgo.
Y se va, dejándome boquiabierta.


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2 comentarios »

  1. Estremecedor Valeria. Sigue contándonos. Vaya experiencia, nena! Un beso enorme. Elena

    Comentario por Elena — julio 11, 2011 @ 10:45 am

  2. Qué terrible Valeria! La verdad es que la historia de Rusia está llena de notas amargas. Este señor nadie diría que tiene 74 años, parece que el frío y el mismo sufrimiento los mantiene eternos a estos rusos.

    Comentario por BeaBurgos — julio 11, 2011 @ 5:22 pm


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Me llamo Valeria Saccone. Soy periodista, reportera de televisón y fotógrafa. El orden de los factores no altera el resultado. Vivo en Madrid desde 1998. También soy sovietóloga y hablo ruso. Durante el verano de 2011 he recorrido la parte europea de Rusia, el país más grande del mundo. Más de 5.000 km. desde el Círculo Polar Ártico hasta el subtrópico del Cáucaso.

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